Cómo fue mi inicio en Alemania
Mi inicio en Alemania fue duro, muy duro. No en el sentido romántico del sacrificio que luego “merece la pena”, sino en ese tipo de dureza silenciosa que te coloca frente a ti mismo desde el primer día. Para empezar, cuando llegué, la persona que me iba a recibir no estaba. Mi amigo ya había vuelto a Barcelona y yo tenía los billetes comprados. Aun así, decidí venir. Llegué a Berlín con cuatro maletas —dos grandes y dos pequeñas— sin una red real y con la sensación clara de que ya no había marcha atrás.
Desde el primer momento, el idioma se convirtió en una barrera imponente. No entendía alemán y, aunque muchas indicaciones estaban en inglés, me sentía profundamente desubicado. No sabía ni siquiera cómo coger el tren para llegar a Leipzig. Paradójicamente, me daba vergüenza hablar en inglés, pese a haber trabajado en España en un entorno multilingüe. Había salido de mi zona segura y eso me generaba una mezcla de inseguridad, miedo y bloqueo difícil de nombrar. A todo ello se sumaban los estereotipos que arrastramos desde España: la supuesta frialdad alemana, el tono serio, la distancia. Todo eso pesaba más de lo que me gustaría admitir.
Finalmente pregunté, encontré el tren y me subí sin saber si tenía asiento asignado. Me quedé en el pasillo durante todo el trayecto. Al llegar a Leipzig, en el último vagón, separado del bullicio, fue cuando sentí con claridad que empezaba una vida completamente nueva. Una vida que, aunque había deseado durante años, se sentía brutalmente solitaria. Salí de la estación cargando las maletas por tramos, avanzando unos metros, volviendo atrás, repitiendo el proceso. Fue entonces cuando un chico se ofreció a ayudarme. A día de hoy seguimos en contacto. Recuerdo con precisión cómo se despedía de una amiga y subió una historia a Instagram con una frase que se me quedó grabada: “una amiga se va y otro viene”. En ese instante entendí que algo se estaba cerrando y algo, inevitablemente, empezaba.
Las primeras semanas en Alemania fueron extrañas y emocionalmente densas. La persona que me acogió —contacto de mi amigo— fue un apoyo fundamental. Me ayudó con el Anmeldung, con el curso de alemán, con entender el funcionamiento básico del país. Viví dos meses en su estudio, durmiendo en el salón-cocina. No era cómodo, pero fue decisivo. Yo estaba desmotivado, apenas salía, y el clima no ayudaba. Aunque era agosto, no había la luz ni el calor de Barcelona. Muchas veces me preguntaba qué hacía allí y por qué había tomado esa decisión. Sin embargo, también sabía que juzgar un país por los primeros meses era un error.
El primer año lo dediqué casi por completo al idioma. Hice el curso de integración y obtuve un B1 que, siendo honesto, es más un certificado administrativo que una herramienta real. En la calle y en el trabajo, ese nivel se queda corto. Paralelamente trabajé como repartidor. Fue una experiencia muy positiva a nivel humano, aunque el invierno me dejó claro que no era sostenible para mí. El frío, la nieve y las caídas marcaron el final de esa etapa y el inicio de una decisión consciente: empezar a buscar aquello por lo que había venido.
El primer año fue el más duro de todos. Alemania no es para todo el mundo, y está bien decirlo sin complejos. No es un país que te lo ponga fácil, pero tampoco te abandona. Hay estructura, apoyo y oportunidades si sabes utilizarlas. Superado ese primer año, algo cambia. Te adaptas, entiendes el sistema y empiezas a comunicarte. Y desde ahí, todo empieza a cobrar sentido.