¿Me arrepiento de haber venido a Alemania?

No. Y aun así, hay momentos en los que duele. No me arrepiento de haber venido a Alemania, pero mentiría si dijera que siempre es fácil o que nunca he tenido dudas. Hay etapas en las que estoy más fuerte emocionalmente y otras en las que la nostalgia pesa más, y suele pasar siempre por el mismo sitio: cada vez que vuelvo a casa.

Viajar y ver a mi familia es una mezcla rara. Mis padres han envejecido un poco más, mi hermana ha crecido, mis gatos ya no son los mismos y noto que el tiempo sigue pasando sin mí. Ellos también lo notan cuando vuelvo. Yo me veo distinto, más grande, más hombre, más marcado por las decisiones que he tomado. Y sí, hay momentos en los que pienso que me estoy perdiendo cosas importantes y eso duele, no voy a negarlo. Por eso este año estoy yendo más a menudo, para que no pese tanto y para estar más presente mientras persigo lo mío.

Ahora bien, también tengo muy claro algo: si volviera a Barcelona, la vida que tendría no sería la que estoy buscando. No sería la vida que me permitiría crecer como quiero, ni profesional ni personalmente. Volver por comodidad o por miedo no me acercaría a mis objetivos, solo me tranquilizaría a corto plazo. Y yo ahora mismo estoy luchando por mi futuro, por mis sueños y por construir algo que me sostenga mañana, no solo hoy.

Cuando estoy bien aquí, estoy muy bien. Y eso también hay que decirlo. He conseguido cosas que, siendo honesto conmigo mismo, sé que si me hubiese quedado en España probablemente no habría conseguido. He aprendido alemán, y no solo a nivel básico: lo hablo, lo uso, vivo en él. Hace tres o cinco años nunca habría imaginado que hoy estaría manteniendo conversaciones en otro idioma, trabajando y moviéndome con soltura en un país que no es el mío. Ese crecimiento, tanto profesional como personal, no tiene precio.

Lo más difícil sigue siendo la soledad. Aunque ya esté acostumbrado a estar solo, hay momentos en los que echo en falta un apoyo emocional más cercano, alguien con quien compartir el peso del día a día. No lo romantizo ni lo escondo. Precisamente por eso el año pasado empecé terapia, para mantenerme estable, para entenderme mejor y para no cargar con todo en silencio. No es una debilidad, es una herramienta.

Así que, si alguien que está dudando me pregunta si me arrepiento de haber venido, la respuesta es clara: no. No me arrepiento. Porque crecer duele, porque elegir implica renunciar, y porque lo fácil no siempre es lo correcto. Alemania no es para todo el mundo, pero si tienes claro lo que quieres y estás dispuesto a pagar el precio emocional que conlleva, puede ser el lugar donde construyas algo que en otro sitio nunca habría sido posible. Y eso, para mí, lo compensa todo.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *