¿Por qué vine a Alemania?

Yo vine a Alemania porque quería ser odontólogo. Ese fue el punto de partida de todo. En España no tenía la nota suficiente para acceder a la carrera y la única alternativa real que tenía era una universidad privada que costaba alrededor de 80.000 euros, algo totalmente fuera de mi alcance. Investigando opciones vi que en Alemania la carrera era prácticamente gratuita comparada con otros países y que los requisitos no eran tan elevados. Ahí fue cuando empecé a plantearme seriamente salir de España, porque por primera vez veía una puerta abierta que en mi país estaba completamente cerrada.

A esto se sumaba mi situación laboral como higienista dental en Barcelona. La profesión estaba muy mal pagada y, sin embargo, se trabajaba muchísimo. Sentía que ya había llegado a mi tope, tanto a nivel profesional como económico. No veía margen de crecimiento real y la única forma de mejorar era estudiando odontología, pero en España eso no era viable para mí. Poco a poco empecé a sentirme frustrado, cansado y muy estancado. Mi vida se resumía en trabajar y sobrevivir, sin tiempo ni energía para nada más.

En ese momento de mi vida también venía de una ruptura personal. Necesitaba tener la cabeza ocupada, enfocarme en algo que me sacara de mis pensamientos y me obligara a mirar hacia delante. Y pensé que no había mejor forma de hacerlo que aprender un idioma desde cero. Aprender alemán no solo era una necesidad profesional, también se convirtió en una especie de ancla mental, algo en lo que concentrarme cada día.

Siempre tuve además el deseo de vivir en un país donde no se hablara el mismo idioma. Quería empezar desde cero, aprender a comunicarme en otra lengua que no fuera inglés y obligarme a salir completamente de mi zona de confort. Sabía también que la odontología en Alemania estaba bastante más avanzada, tanto a nivel de clínica como de laboratorio, y que los sueldos eran mucho más elevados. Lo único que no tenía claro era si con mi título español podría trabajar aquí como higienista dental, algo que al final conseguí.

El momento exacto en el que tomé la decisión de irme fue cuando se estaba acabando la pandemia. Veía que en España no tenía opciones reales de mejorar el sueldo. Cambiar de trabajo significaba, como mucho, ganar 100 o 200 euros más, con condiciones muy similares y bastante abusivas. Ahí pensé: ¿qué es lo peor que puede pasar? Si algo sale mal, siempre puedo volver a casa. Esa idea fue la que me dio el empujón final.

La experiencia en Alemania no ha sido fácil y no la voy a romantizar. Ha sido dura. El choque cultural, no entender el idioma, no saber qué te están diciendo aunque te repitan las cosas varias veces… Cuando llegué, no sabía absolutamente nada de alemán; para mí, el alemán y el chino eran prácticamente lo mismo. A eso se suma la soledad. Alemania no es un país especialmente hospitalario y emigrar aquí no es para todo el mundo. La gente suele ser más distante y entrar en un grupo de amigos lleva tiempo.

Con el tiempo, las cosas cambian. El idioma sigue siendo una barrera mental, tanto en lo personal como en lo profesional, pero poco a poco se va rompiendo. Este año, por ejemplo, me he dado cuenta de que ya hablo alemán con mis compañeros de piso, cuando antes solo hablaba inglés. A nivel profesional, una vez lo consigues, es muy gratificante. Aquí el higienista dental está valorado: controlas tu agenda, puedes negociar tu sueldo, decidir cuántos días y cuántas horas trabajar. Esa sensación de control sobre tu vida laboral no la tenía en España.

Si en España hubiera estado ganando el sueldo que gano aquí ahora, probablemente nunca me habría ido. Quizá me habría ido un año fuera para aprender un idioma, pero no me habría quedado tanto tiempo. ¿Volvería a España? Hoy por hoy no lo creo. Aún tengo metas por cumplir y considero que Alemania sigue siendo un país de oportunidades para mí. En España no veía ninguna y aquí estoy consiguiendo cosas que siempre quise. Si volviera atrás, volvería a hacerlo sin pensarlo, incluso me habría ido antes y con menos dudas. Este proceso me ha hecho más independiente, he madurado mucho, he aprendido a estar solo y a disfrutar de mi propia soledad, y me estoy conociendo de una forma que antes, rodeado de gente, no era capaz.

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