Compararte con los demás: el error más fácil y más doloroso
Cuando trabajas en otro país, compararte con los demás es casi inevitable. Ves a tus compañeros alemanes hablar con soltura, moverse con naturalidad, reaccionar sin pensar, mientras tú calculas cada palabra, cada verbo y cada gesto antes de abrir la boca. Yo también lo hice durante mucho tiempo. Sentía que avanzaba más despacio, que mi esfuerzo no bastaba, que cada error gramatical me definía más que mis aciertos. Y cada silencio en una reunión me hacía sentir invisible, como si mi voz no contara.
Con el tiempo entendí que esa comparación era injusta. Ellos jugaban en su terreno, y yo estaba aprendiendo a adaptarme a uno nuevo. Crecer en otro país no es una carrera de velocidad, sino de resistencia. El progreso no siempre se ve, pero está ahí: en cada limpieza dental en la que das lo mejor de ti, en cada conversación que entiendes un poco más, o en cada día que logras superar el cansancio sin rendirte. El crecimiento fuera de casa es silencioso, pero constante. Y aunque a veces parezca que no avanzas, lo estás haciendo.
Ese fue mi mayor aprendizaje: dejar de medirme con los demás y empezar a valorar mi propio proceso. No estás estancado; simplemente estás aprendiendo a tu ritmo. Y eso también tiene mérito.