Infravalorarse y compararse con compañeros nativos: cuando el problema no eres tú, sino el idioma

Hay un sentimiento bastante común entre los higienistas dentales que vivimos y trabajamos en Alemania del que se habla poco: llevar tiempo aquí, hacer bien tu trabajo, ver que los pacientes salen contentos… y aun así sentirte pequeño. No porque no sepas, no porque no estés preparado, sino porque no te expresas en alemán como te gustaría.

La comparación con los compañeros nativos aparece casi sin darte cuenta. Ellos hablan rápido, explican con seguridad, parecen tener siempre la palabra adecuada. Y tú, aunque sepas exactamente lo que estás haciendo, dudas. No de tus conocimientos, sino de cómo suenas al decirlos. Ahí empieza ese pensamiento silencioso de «igual saben más que yo». Y no, eso no es verdad.

En mi caso lo tengo muy claro: yo no dudo de lo que sé. He estudiado, me he formado y sé cómo funciona mi trabajo. Mi único punto débil ha sido siempre el idioma. Y cuando separas una cosa de la otra, todo cambia. No es lo mismo no saber que no saber expresarte como querrías.

Esto se ve muy claro cuando trabajo con pacientes en español. Ahí todo fluye. Explico, conecto, bromeo si hace falta, doy seguridad. Los pacientes salen contentos y yo también. Cuando trabajo en alemán, los pacientes igualmente salen satisfechos, pero yo noto que podría haber dado más de mí. No porque no sepa, sino porque todavía estoy traduciendo dentro de mi cabeza.

Durante mucho tiempo pensé, aunque fuera de forma inconsciente, que mis compañeros alemanes sabían más simplemente porque eran alemanes. Hoy sé que eso no es cierto. Mis compañeros, por cierto, nunca me hicieron sentir menos. Al contrario: me corregían con naturalidad, sin dramatizar. A veces incluso nos reíamos juntos cuando de un error salía una burrada. Ese ambiente hizo que el alemán dejara de ser una barrera amenazante y se convirtiera en algo que podía ir mejorando sin miedo al ridículo. Ellos tienen ventaja en el idioma, sí, pero eso no significa que sepan más. Y ellos mismos nunca actuaron como si así fuera. Ser nativo no te convierte automáticamente en mejor higienista.

Lo que realmente me ayudó a dejar de compararme fue mirar atrás. Recordar cómo empecé. Al principio apenas hablaba. Hacía la profilaxis sin explicar casi nada, sin contextualizar, sin educar al paciente. Cumplía, pero poco más.

Ahora la situación es muy distinta. Explico qué es una gingivitis, qué es una periodontitis, hablo de técnicas de cepillado, de prevención, de en qué consiste cada tratamiento. Incluso explico la factura. Y todo eso en alemán. No perfecto, pero real. Funcional. Profesional.

Y no solo yo lo noté. Hubo pacientes que me acompañaron desde el principio, que me veían cada seis meses y con el tiempo empezaron a decirme cosas como «se nota que te esfuerzas», «hay gente que lleva 20 años aquí y no dice nada». Una paciente me confesó que gracias a mí había perdido el miedo al dentista. Otra me traía chocolate, manzanas. Pequeños gestos que al principio no supe leer, pero que ahora entiendo: no venían solo por la profilaxis. Venían porque se sentían cuidados. Y eso no tiene nada que ver con hablar alemán perfecto.

Ahí me di cuenta de algo importante: el problema nunca fui yo. El reto era el idioma, y poco a poco lo he ido sacando adelante. No de golpe, no mágicamente, sino paso a paso, paciente a paciente.

Este artículo no es para decirte que «confíes en ti» sin más. Es para recordarte algo más concreto: si dudas, pregúntate de qué estás dudando exactamente. Porque muchas veces no es de tu valor profesional, sino de una lengua que no es la tuya. Y eso no te hace menos. Eso te hace estar en proceso.

Y el proceso, aunque a veces no se note, avanza.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *