Ortodoncia para adultos en Alemania: hoy me tocó estar al otro lado del sillón
Hoy me tocó ser paciente otra vez. Hacía bastante tiempo que tenía ganas de visitar una clínica de ortodoncia en Alemania en particular, primero porque allí trabaja una ortodoncista ecuatoriana y tenía curiosidad por conocerla y poder hablar con ella, pero también porque tenía un pequeño asunto pendiente con mis propios dientes. Yo llevé brackets dos veces: una cuando era niño y otra cuando ya era adulto. Sin embargo, hay un diente que nunca terminó de quedar como me hubiera gustado. Concretamente, tengo un pequeño espacio en la zona del 12 y la cara distal del 22 está algo vestibularizada. Además, mi línea media tampoco coincide completamente. No es algo que resulte especialmente llamativo para los demás, pero yo sí me fijo en ello y, con el tiempo, me ha generado cierto complejo. Así que finalmente decidí pedir una cita para ver qué posibilidades había y saber si tendría sentido volver a hacerme un tratamiento de ortodoncia para adultos.
Además, esta clínica ya tenía una pequeña historia detrás. En su momento llegué a presentar mi candidatura para trabajar allí, pero nunca llegaron a llamarme. Curiosamente, con el tiempo también terminé enviándoles algunos pacientes de mi propia clínica. Tengo bastantes pacientes que hablan español y, cuando necesitan un tratamiento de ortodoncia, suelo recomendar esta clínica porque sabía que allí había una profesional que podía atenderlos en su idioma. Algunos de mis pacientes terminaron yendo allí por recomendación mía, aunque creo que ella nunca llegó a saberlo. Por eso también tenía cierta curiosidad por conocerla personalmente.
Mi cita era a las dos de la tarde y llegué unos quince minutos antes, como suelo hacer cuando voy a una consulta nueva, porque siempre hay que rellenar formularios y hacer toda la documentación inicial. El problema fue que llegué y nadie me abría la puerta. Faltaban cinco minutos para mi cita y yo seguía allí esperando hasta que, finalmente, una chica de la limpieza que estaba en el edificio me abrió la puerta. Subí a la planta donde estaba la clínica y, cuando faltaban apenas dos minutos para las dos, salió un hombre y me preguntó si tenía una cita a esa hora. Yo pensé: “Bueno, por dos minutos podría estar perfectamente sentado en la sala de espera esperando”. Pero en fin, entré y ya está.
La clínica era bastante pequeña, con solamente dos sillones, una pequeña oficina y la recepción. Hablé con la recepcionista y me preguntó qué necesitaba. Le expliqué que venía para una revisión de ortodoncia, pero empezó a hablarme durante varios minutos diciéndome que aquello no era una revisión normal y que, si tenía un problema concreto, debía hacer otra cosa o acudir a otro sitio. Yo intentaba explicarle que precisamente venía para una revisión de ortodoncia, pero prácticamente no me dejaba terminar. Yo estaba ahí pensando: “Sí, sí, pero déjame hablar”. Al final consiguió explicarme todo lo que quería y yo pude explicarle también lo que necesitaba. Me quedé un poco amargado porque no me gusta cuando alguien empieza a darme soluciones sin haberme dejado terminar de explicar primero qué estoy buscando.
Después rellené los formularios y me hicieron pasar. Lo primero fueron unas fotografías. El chico que estaba haciéndomelas miró mis dientes y se quedó un poco sorprendido, como diciendo: “¿Pero tú qué vienes a hacer aquí si tienes los dientes perfectos?”. Me hizo gracia porque es algo que me ha pasado otras veces. Desde fuera, probablemente mis dientes parecen completamente normales, pero yo sé perfectamente dónde está ese pequeño detalle que quiero corregir. Mientras me hacía las fotos estaba pensando también en que tenía que intentar no dar demasiadas pistas de que trabajo en odontología.
Cuando llegó la doctora empezamos a hablar sobre mi caso. Me explicó que, además del pequeño espacio que yo ya conocía, la línea media tampoco coincidía completamente y que se podía corregir con ortodoncia. Me enseñó una simulación y me explicó que probablemente con alineadores transparentes el tratamiento podría durar alrededor de un año. Yo estaba escuchando todo bastante atentamente, pero al mismo tiempo tenía curiosidad por conocerla más que por el propio tratamiento.
De hecho, durante los primeros minutos no quería decirle que también trabajo en el mundo de la odontología. No quería que pensara que había ido allí para analizar su trabajo, hacer preguntas técnicas o comportarme como un colega que estaba evaluando la consulta. Quería ser simplemente un paciente. Incluso estaba intentando esconder un poco el tatuaje que tengo en el dedo relacionado con los brackets y evitar que se fijara demasiado en mis dientes, porque ya me ha pasado alguna vez que un profesional empieza a mirar y rápidamente se da cuenta de que sé del tema. Así que estaba intentando pasar desapercibido.
Al final fue ella quien me preguntó de dónde era. Le dije que de Ecuador y ahí cambió completamente la conversación. Me dijo que ella también era ecuatoriana, de Quito, y que había estado en Ecuador hacía apenas unas semanas. A partir de ese momento se volvió muchísimo más cercana y empezamos a hablar con bastante naturalidad. Me hizo gracia porque hasta entonces todo había sido bastante profesional y, en cuanto descubrimos que los dos éramos de Ecuador, la conversación cambió completamente.
La consulta me pareció pequeña y bastante acogedora. Todo el personal hablaba en alemán y, aunque para mí trabajar diariamente en alemán ya es algo habitual, estar sentado como paciente y no como profesional se siente diferente. La verdad es que salí de allí pensando que había sido una visita bastante curiosa, no solamente por la posibilidad de volver a llevar ortodoncia, sino también porque finalmente pude conocer a la profesional ecuatoriana a la que tantas veces había enviado pacientes.
Y así terminó mi visita de hoy: por una vez no estaba detrás del sillón atendiendo a alguien, sino sentado delante, dejando que otra persona mirara mis dientes y me explicara qué podía hacer con ellos.
